El discurso oficial sobre la prolongación de la cuarentena: cuando lo urgente coincide con lo importante

Federico González

En conferencia de prensa, acaso mejor preparada que la del 24 de abril, el presidente Alberto Fernández, el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, anunciaron que la cuarentena se prolongará hasta el 24 de mayo.

A través de casi una hora (incluyendo la ronda de preguntas), los tres mandatarios desarrollaron un discurso claro, elaborado y que traslucía un previo consenso.

La expresión “prolongar la cuarentena” resultaría impropia si se omite la serie de aspectos que hacer a su especificidad. En tal sentido, adjetivarla como cuarentena administrada, selectiva, atenuada, flexible, gradualista, segmentada, aperturista, prudente, inteligente, exagerada, light, de tercera o cuarta etapa, etc. dependerá —obviamente— de los marcos intelectuales y/o valorativos que se puedan o pretendan aplicar. Aclarado lo anterior, a continuación se enumeran los análisis y reflexiones de quien escribe:

Prudencia estratégica:

En el marco del hipotético o real dilema entre la economía y la vida, la decisión adoptada vuelve a presentarse asociada a la defensa del valor primordial de la última. Tanto en el discurso presidencial como en el de los otros gobernantes se enfatiza una toma de posición política que supone continuar valorizando la vida como el bien principal a proteger.

Recíprocamente, el plan de apertura de la economía —aunque tenido en cuenta y valorado como relevante— queda subordinado al grado de control de las variables sanitarias.

Coincidencia entre lo urgente y lo importante

La matriz de Eisenhower, una conocida herramienta para gestionar problemas, nos recuerda que entre lo urgente y lo importante, además de disyunciones pueden existir conjunciones. En el discurso de anoche prevaleció la idea de que el cuidado de la salud no solo representa el bien más importante, sino que, cronológicamente, es lo que debe ser prioritariamente atendido.

La simultaneidad operativa de lo es también importante.

Es sabido que el lenguaje puede ser tanto un instrumento de comunicación como fuente de malos entendidos. Definir que algo es prioritario o que significa lo más importante y/o urgente (la salud) no implica desconocer que lo que continúa en orden de importancia y urgencia (la economía) no revista intrínsecamente el mismo carácter.

Quienes están familiarizados con la gestión de proyectos saben que en un diagrama de Gantt, instrumento simple para planificar diferentes tareas a través del tiempo, dos o más tareas pueden (y a veces deben) coexistir.

El discurso de ayer puso en evidencia la vocación de actuar sobre dos planos (la salud y la economía) a los que, aunque se los presentó con diferentes órdenes relativos de importancia y urgencia, al mismo tiempo se les concedió similar estatus de relevancia y carácter acuciante.

La comparación como lógica argumental

El presidente Alberto Fernández dedicó parte de su discurso a establecer una serie de paralelismos encaminados a fundamentar las decisiones anunciadas. Por un lado se valió del cotejo entre Suecia y Noruega, en tanto instancias empíricas similares (y, por ende, comparables), con la excepción de que en que una no se aplicó la cuarentena (Suecia) mientras que en la otra, al igual que en Argentina, sí se lo hizo enteramente (Noruega).

Valiéndose de las respectivas cifras el presidente pretendió demostrar cuán catastrófico hubiera sido el destino argentino en términos de vidas humanas perdidas de haberse aplicado una política similar a la que ensayó Suecia. “Cuando a mí me dicen que siga el ejemplo de Suecia, que con 10 millones de habitantes cuentan más de 3.000 muertos, lo que me están proponiendo hacer nos hubiese llevado hoy a tener 13.700 muertos”, fueron sus palabras.

La comparación como lógica argumental

En otro tramo de su discurso, expresado casi tangencialmente y a modo de refuerzo del anterior paralelismo, el presidente Alberto Fernández refirió a otra comparación acaso más importante en tanto razón justificativa de las medidas adoptadas. “En dos meses la pandemia se llevó en Estados Unidos mucho más que en la crisis del 2008, cuando la cantidad de desempleados alcanzó 2 millones”

La aparente sencillez de la frase esconde una lógica sistémica de hierro que puede resumirse en este antiguo adagio oriental: “Ten cuidado: a veces si fuerzas algo hacia un fin produces lo contrario”

Quizás la referencia a sabidurías orientales conceda una licencia para parafrasear aquella “paradójica” sentencia bíblica “Quien quiera salvar su vida, la perderá. Mientras que quien esté dispuesto a perderla, la salvará”. Al margen de declamaciones cristianas lo cierto es que durante la conferencia de anoche el Presidente intentó graficar acerca del peligro que podría conllevar una apertura más amplia de la cuarentena, no ya para la vida, en tanto bien superlativo, sino para la misma economía a la que se pretendería salvar (Aunque, quizás algún lector ya se ha anticipado, similar argumento pero con sentido contrario podrían esgrimir esos “ansiosos” (Presidente dixit) partidarios de abrir más la cuarentena)

La delgada pared entre las razones que justifican las políticas ciudadanas y las meras pasiones políticas

Más allá de lo atinado o discutible de las comparaciones anteriores lo cierto es que, en esos tramos de su alocución, el Presidente pareció utilizar esos argumentos con un doble fin, a saber: mostrar a la ciudadanía que el camino emprendido y proyectado fue y sigue siendo el correcto; pero, al mismo tiempo, enrostrar a ciertas fuerzas opositoras la pretensión de querer

—atendiendo a fines más utilitarios que humanos— arrastrar al gobierno hacia una decisión tan ineficaz como éticamente cuestionable.

A través de figuras sentenciadas al límite de la beligerancia política discursiva, tales como “No me van a torcer el brazo, voy a cuidar a la gente”; “Terminemos esta discusión en la que nos metieron, falsamente, que si abrimos vamos a estar mejor. Si abrimos, vamos a terminar como Suecia, que tiene tres mil muertos” o “Me cansan las mentiras”; lo cierto es que Alberto Fernández no se privó de responder a una parte de la oposición a la que calificó de “Twittera”y/o hablada por los lobbies de poder de siempre.

Pasiones políticas versus empatía ciudadana

La tentación de confrontar públicamente con opositores a quienes se caracteriza y sanciona como moralmente reprochables y/o políticamente equivocados (al fin al cabo la grieta no es otra cosa que pensar que aquí abunda la virtud y la inteligencia, mientras que allá imperan la maldad y el error) puede hacer perder una importante oportunidad: empatizar con la denominada “ciudadanía de a pie”, que, al fin y al cabo, es quien usufructúa o padece las razones del Estado.

Aunque a favor del Presidente1 puedan computarse ciertas muestras de empatía como el agradecimiento a la responsabilidad ciudadana y algún guiño cariñoso hacia los niños (E.g.¡ “Que me sigan mandando dibujitos”!) también es cierto que a nivel de cierta “puesta en escena discursiva”, el tono de la conferencia podría haber sido tal vez mejor.

Por un lado, permitirse dar emergencia al enojo político quizás no fuera lo más adecuado al contexto. Porque más allá del grado de legitimidad o ilegitimidad que pudieran tener esas críticas dirigidas a cierto sector opositor, cabe sugerir que —en atención a la dramática que el problema del coronavirus reviste para los ciudadanos destinatarios del discurso presidencial— quizás hubiera resultado más constructivo reservar la crítica para otro momento.

Por otro lado, aunque pueda parecer una sutileza, más allá de la posición que decida asumir el Gobierno respecto de la gestión de la crisis del coronavirus, lo cierto es que la gravedad de la situación quizás ameritaba un tono más austero y reflexivo que, por momentos, quedó opacado por cierto clima de liviandad emergente en algunos pasajes. Sobre todo en atención a esa apreciable porción de la ciudadanía cuya situación de padecimiento y vulnerabilidad resultan auténticamente dramáticos.

Aunque la situación esté lejos de equipararse al célebre “Sangre, sudor y lágrimas” de Winston Churchill, cabe señalar que, ante ciertas adversidades de la vida, quizás sea saludable tener presente aquello de que, a veces, “no basta solo ser, sino también parecer”

Síntesis: la importancia de decidir un rumbo al menos razonable

Parte del arte del liderazgo es adoptar un rumbo que conduzca a un objetivo. La naturaleza dilemática de los problemas que los líderes deben afrontar torna dificultoso formular juicios ecuánimes. En rigor, tanto en Argentina como en el mundo nadie sabe a ciencia cuál es el camino a seguir que conjugue la mejor ecuación entre salud y economía, o entre corto y largo plazo.

En el marco de un dilema complejo el presidente Alberto Fernández, junto el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y al gobernador de la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof marcaron un rumbo que —en principio— parece tan prudente como razonable. Ciertamente cualquiera tiene el derecho de pensar que debería transitarse por otros caminos o comunicarse de otros modos. Pero eso no quita que, a juicio de quien escribe estas líneas, las decisiones adoptadas y comunicadas anoche resulten, en general, satisfactorias.

Fuente: Federico González & Asociados

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