Jorge Arias: “Llegó la hora de empoderar a los buenos”.

El licenciado Jorge Arias, director de la consultora “Polilat” y Secretario de la Red NAP nos deja este interesante artículo para intentar “comprender y entender” los laberínticos caminos que transita la política Argentina, su relación con la sociedad y sobretodo si debemos permitirnos o no, sembrar “la esperanza” de que un futuro mejor es posible..

Creer, confiar y esperar son atributos que diferentes cultos inculcan a sus fieles. La finitud del hombre y la esperanza de una vida eterna son los mejores alicientes para desplegar esas virtudes. La fe, la confianza y la esperanza abonan un camino por el cual es lícito sufrir en la vida terrenal para construir un camino al paraíso.

La política sin proyectos y sin la construcción de una sociedad organizada, tiene el mismo destino. Por eso cada vez más algunos políticos parecen curas, pastores o rabinos recitando el anuncio de la llegada del reino de los cielos.

En esta hora de balances, de las lágrimas por el dolor de las pérdidas o la alegría de los logros, de las carcajadas recordando momentos divertidos, quisiera homenajear a los héroes silenciosos. Claro que hay otra cara de la moneda.

Cada día hay miles de argentinos que amanecen sin preguntarse si el presidente se llama Mauricio, Alberto o Cristina, personas que escuchan distantes los discursos de políticos y analistas, que pontifican sobre sus razones para creer o descreer, confiar o desconfiar, plantar esperanzas o desasosiego, según el interés de turno y según la grieta que desean profundizar.

Esos argentinos de bien, no se permiten la desesperanza ni el odio. Ellos “se ponen la Patria al hombro” en términos de lo que nos pide el Papa Francisco. Amanecen y anochecen haciendo lo que hay que hacer para que todos vivamos en un país mejor.

Desarrollan con esfuerzo sus proyectos para generar trabajo y esperanza a los que están fuera del mercado laboral. Educan y otorgan herramientas técnicas y profesionales a jóvenes. Curan o previenen, dando salud a miles y miles de desamparados de todo sistema. Quitan horas a su sueño y a sus familias para dar lo que pueden en beneficio de “el otro” que es la mejor forma de dar para todos. Algunos desde sus empresas, otros desde un comedor comunitario o club de barrio o cualquier tipo de organización que les permita construir comunidad.

En estos últimos días del año, permítanme la licencia de ponerle nombre a este tipo de seres maravillosos de luz, de fe, que siembran confianza y esperanza: son los “buenos argentinos”, los que sienten que en la “casa común” de los argentinos no sobra nadie y que lo mejor que podemos hacer, por nuestros propios hijos, es trabajar por una Argentina justa e inclusiva.

¿Quién los mira? ¿Quién los asiste? ¿Quién se preocupa y se ocupa de darles herramientas y apoyo para multiplicar su tarea que es necesaria, imprescindible y bendita? ¡Lamentablemente  muy poca gente!

Resulta increíble recorrer los caminos polvorientos de cualquier provincia y encontrar a estos buenos argentinos creando, desarrollando, apoyando, construyendo comunidades virtuosas, que de lo poco hacen mucho y logran el milagro de la multiplicación de los panes, de las casas, de los trabajos, de los colegios y de todo lo que se ocupan. Enormes esfuerzos comunitarios que no recibirán una placa, no figurarán en un decreto ni serán motivo del dictado de una ley, pero son sin duda alguna las obras más importantes de la sociedad argentina.

Es hora de empoderar a los buenos. Es hora de utilizar esa energía multiplicadora del bien que tienen esas personas, porque es la energía más potente… la que logra transmitirse para empoderar a los otros y por ese camino empoderar a la Argentina.

Vayan estas últimas horas de 2019 para hacernos reflexionar acerca de cuánto perdemos cuando desoímos e ignoramos a estos “milagreros” que son capaces de transformar basura en trabajo y desechos en viviendas; de hacer llegar comida a todos los rincones del hambre; de llevar educación y salud a niños, ancianos y desocupados y de volver digna la vida de los excluidos.

Cada uno de nosotros tiene poderes: la voz, el pensamiento, el dinero, nuestras capacidades personales y profesionales. Empoderar a los buenos significa utilizar nuestros poderes para, a veces, gestionar que se destrabe un expediente olvidado en algún rincón de la Administración Pública; y otras acercar ideas y proyectos a los que están en ese frente de batalla; y otras más, donar servicios profesionales para optimizar las energías puestas en un desarrollo y otras generar una empresa que agrega valor y crea trabajo, y otras compartir algo de lo que tenemos…

¡Hay mil maneras de empoderar a los buenos! Pero para eso necesitamos verlos… pongamos atención, les aseguro que están por todas partes y nos siguen esperando.

Fuente: NorteOnline

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