POTRERO CON AROMA DE MUJER

Los viejos torneos Evita eran una convocatoria obligada para toda una barriada  repleta de sueños de fútbol, desde muy temprano cientos de chicos llegaban desde los más remotos lugares de la ciudad para participar en esos eventos jugados en potreros improvisados, casi siempre ausentes de césped, disputados durante los fines de semana y que por lo general terminaban en la melancolía de la tarde del día domingo.

Allí todos nos anotábamos, sin distinción alguna, tuviéramos condiciones o no, fuéramos muy buenos o muy troncos y lo hacíamos con una puntualidad mayor que la necesaria para dar el presente en el inicio de cualquier ciclo escolar, y eso era totalmente lógico, porque para la mayoría de nosotros la única cultura posible por “barrio tablada” pasaba por la que impartía una pelota en clases dadas a cielo abierto.

Había un problema que se nos presentaba a la hora de anotarnos al certamen, parecía una tontería, una estupidez el tema , pero era un verdadero asunto decidir cual era el nombre que debíamos poner en la lista que nos entregaba el torneo, acostumbrados a llamarnos entre nosotros por cuestión de convivencia por apodos como  el negro, el chanchi, el puchero, el topo y tantos otros cercanos  a la fauna, por eso nos costaba un montón respetar los reglamentos y ser apegados a nuestros datos filiatorios.

Los apodos marcaron a fuego nuestra identidad de barrio, tanto que por eso se dudaba como inscribirse, los papeles eran un protocolo no tenido en cuenta en esas lides, los documentos, un simple objeto decorativo y de destino incierto., Ufa… a mi no me mires, anda a saber vos adonde los puse?  Le escuche decir más de una vez a “Calilo” los días previos a cada partido, cuando le suplicábamos que hiciera el esfuerzo de buscarlos o  por lo menos de averiguar su paradero.

Era toda una novela juntar los papeles, muchas veces para facilitar él tramite,  el entrenador chamuyaba a  algún conocido de la organización para que diera fe de que tal chico era en realidad “ese chico” anotado en la planilla.

Pero la cuestión principal, la que verdaderamente nos importaba, pasaba por la conformación del equipo “ideal”, ese que debía defender el orgullo y el honor del barrio, armar el mismo era un verdadero dilema, que solo podía descifrar el justo veredicto que emitía como de costumbre su señoría la pelota.

Para ello había una dura selección previa, una especie de casting, me resulta antojadiza la comparación por la actualidad que adquirió la palabra debido a tanto concurso de canto  y de baile que hace tiempo esta de moda en la tele.

Para llegar a juntar los once elegidos nos reuníamos todas las tardes en la canchita “de la cruz”, jamás supe la real razón del porque la llamaban así, establecí en mi precoz filosofía de niño un vago justificativo de que quizás su nombre se debía a que era como un templo para toda la barriada, debido a nuestra devoción casi religiosa por la pelota.

Todo se desarrollaba dentro del marco de  interminables tenidas de fútbol, partidos que duraban tanto como lo permitía la luz del día y los llamados de la vieja para comer o para tomar la leche, uno estaba convencido entonces que el fútbol era una cuestión de chicos, si de chicos varones, el sexo era como una condición insalvable para participar, un pasaporte que autorizaba a acceder a ese vínculo intimo con la redonda obsesión, estaba digo, porque en una tarde de aquellos incipientes años ochenta conocimos a “Mecha.

Nunca supimos su verdadero nombre, tampoco nos preocupamos demasiado en conocerlo, su pelo corto, su físico delgado, sus piernas fibrosas eran como la de cualquier pibe del lugar, pero el timbre de su voz delataba la verdad, una verdad que nos tomó por sorpresa, tanto que más de uno desistió desde el vamos en la intención de invitarla.

Ella era de hablar muy poco, quizás por estar sumergida en el estado de timidez lógico que provocaba ser la nueva en aquel barrio humilde de casas bajas, al fin de cuentas no lo necesitaba porque su lenguaje pasaba por lo que hacía con la pelota en sus pies.

Es un imborrable recuerdo esa tarde de otoño cuando la vimos por primera vez  parada detrás del alambrado, parada, inmóvil como uno de los tantos tirantes que anunciaban la inevitable muerte del potrero sentenciada por la descorazonada prepotencia de una futura obra, estaba ahí mirándonos, hechizada sin perder detalle, sus ojos eran como un par de testigos en fuga detrás de los destinos de la pelota,  fueron muchas tardes como esa las que pasamos en su compañía sin que ella pronunciara una palabra.

Un día en las tantas reuniones de la barra al anochecer en la esquina de casa donde los restos del tronco de un viejo sauce  nos servía de improvisado banco, tocamos el tema de ese pibe nuevo, decíamos pibe porque en verdad lo parecía, ¿da la impresión de ser un chico piola, se dijo más de una vez?

Entonces qué te parece si lo metemos en el picado de mañana propuso el negro Luis,  total, si es un fiasco lo mandamos al arco, sabíamos que salvo Miguel, arquero por vocación de notables condiciones aunque no lo ayudaba en mucho su altura, no había otro que se quedara por gusto en el arco y cumpliera con la promesa de mantenerlo en cero.

Ese día llego, como siempre nos fuimos acercando al campito a eso de las dos, momento en que la siesta se colocaba prolijamente sus pantuflas para el descanso, antes era imposible porque la escuela terminaba a las doce y media, entre que comíamos algo y nos cambiábamos para jugar,  se nos iba en ese trámite, por lo menos una hora. 

Apenas la vimos acercarse como lo hacía puntualmente cada tarde, Walter él más encarador del grupo, encarador de atorrante que era nomás,  se le arrimo para decirle “querés jugar nos falta uno” en alusión a la ausencia de Pedro que se había ido de muy mala gana a Rufino con la vieja por un tema de enfermedad de un pariente, ese momento nos cambió la vida,  sepulto para toda la eternidad nuestro pensamiento sobre que la mujer no podía jugar al fútbol y abrió un enorme horizonte de esperanzas sobre nuestro futuro en los torneos de fútbol.

“Mecha” al poco tiempo de estar con nosotros se convirtió en el resumen de todas las virtudes que habíamos podido juntar con esfuerzo, sudor y raspaduras en las  piernas a lo largo de mucho tiempo y  de un sin fin de soleadas tardes de fútbol.

“A mí no me hables de esa”, sugirió más de una vez en tono amenazante el Mono; yo meta darle a la numero cinco contra la pared todo el día y bancadome como un duque todos los retos de mi vieja porque le desarmaba todas las plantas del patio y no hay caso sigo jugando para el traste y esta piba que no hace ningún esfuerzo, juega como los dioses, “me dan ganas de matarla a veces”, que injusta es la vida, ni un vale me tira Diosito para poder jugar mejor y eso que le pongo ganas, ustedes saben que….”No te hagas la historieta” le dijo Ramón para cortarlo en seco mientras descansaba  apoyado contra un muro blanco, y pasaba casi desapercibido entre  algunos integrantes de la barra que estaban de pie, “por más que a vos te toque una varita mágica, te de un beso el Papa, seguís siendo un burro y no le eches la culpa a nadie por eso”.

Los cortos a ella le quedaban demasiado grandes para sus esmirriadas piernas, pero su imagen poco futbolera de nada importaba porque lo suyo pasaba por otro lado, por la enorme cuota de habilidad que tenía  y  por los laberintos vírgenes por los cuales transitaba su indescifrable gambeta.

Nunca renuncio a su talento innato, siguió siempre encarando rivales a pesar de que la maltrataban a la pobre, como cuando el negro José,  un muchacho grandote y  bonachón, la estampo sin aviso contra  un alambrado puesto para delimitar el terreno donde se iba a edificar una escuela,  de puro bruto lo hizo, porque nunca se le conoció maldad alguna, “que queres que haga, a algo le tengo que pegar, si a la pelota, viste,  no me la deja tocar” se le escucho balbucear entre resongos, a modo de disculpas por el semejante castigo aplicado, mientras algunos de nosotros estábamos abocados a la tarea de hacer justicia por mano propia.

Dale Mecha vení para acá, se decía con orgullo cuando el destino de los pies jugados a suerte y verdad en el pan y queso o el capricho del papel dentro de la bolsa  te permitía tenerla de tu lado  y eso si que era fortuna, porque con ella era robo, hasta alguno aventuro a decir, por bronca o por envidia, que estaba embrujada o que tenía un pacto secreto con la pelota, una especie de  romance infantil prohibido nacido en los campitos de  tierra suelta.

No era una piba linda, llamativa  o picara que nos provocara un amor de purrete, tampoco aquella compañerita del cole que nos obligaba a llamarle la atención  robándole muchas veces un lápiz o  dejándonos atrapar tontamente  en el ladrón y poli.

Mucho menos algo irresistible que nos sacara de la pasión por la dueña de los gajos, pero ella nos enamoró por donde menos lo esperábamos, nos cautivó con su juego, porque una pisada, un túnel, un sombrerito sutil fueron de sobra sus encantos, que nos quitó  más de una vez el aliento y nos dejó muchas veces paralizados de asombro.

Los rasgos de su cara denotaban muy lejanamente la presencia de una mujer como lejanamente sus actitudes se correspondían a juegos con muñecas, invitaciones para tomar el té u otros quehaceres normales para las niñas de su edad.

Sus ojos color miel daban la sensación de estar siempre distantes como perdidos en otros tiempos o tal vez en otros potreros,  su personalidad introvertida la hacía pasar desapercibida  lo que contrastaba con su fuerte carácter para hacer frente a su pasión por el fútbol, dentro de un campo de juego mostraba las credenciales de  una entereza increíble, con la que supo ganarse el respeto de todos.

Era la hermana menor de cuatro mujeres y  quizás en ella se hicieron realidad los sueños inconclusos de un padre por  un hijo varón, porque si bien su papa por pudor o vergüenza, no era de asistir a los partidos, se rumoreaba que más de una vez se lo vio orgulloso ante el relato de las hazañas que su hija consumaba partido tras partido, pelota de por medio.

Hubo un momento en que su historia  transitó sutilmente el indeleble camino de una leyenda urbana, fue esa mañana de la final del Evita del año 81, la jugábamos contra un gran equipo del Parque Sur, solían anotarse bajo el nombre de “los guerreros del Parque”,  contra el cual habíamos tenido varios enfrentamientos previos, todos partidos parejos en el resultado y muy peleados por las antipatías crecientes,  por lo que este encuentro adquirió por una cuestión histórica, el mote incuestionable de clásico.

La noche previa al encuentro nadie durmió, los nervios, nuestros sueños de gloria y la imperiosa necesidad de una victoria ante nuestro más odiado rival nos llevó a ese estado de tensa calma que precede a la tormenta, una tormenta que estaba anunciada para las nueve de la mañana del día domingo.

Mecha, a todo esto como si nada, tomaba el asunto del partido con una naturalidad tal que más de uno le pregunto preocupado, si estaba enferma o le dolía algo?, porque no era normal una actitud tal teniendo en cuenta el semejante desafío que nos esperaba por delante.

Estuvo con nosotros hasta eso de las nueve de la noche del sábado, se la notaba calma, segura, “será que las mujeres tienen ese don especial como él de las madres, para transmitir tranquilidad, dan siempre la impresión de que las cosas no les afectan tanto”, aporto José t

El momento del convite llego, cerca de las ocho de ese domingo ya todos estábamos  listos, cambiados, despiertos, el desayuno tomado a las apuradas con las quejas de mama haciéndose repetidos ecos en nuestras orejas, con una procesión feroz de emociones por dentro que pedía a gritos al árbitro que sonara el silbato para dar comienzo al partido.

Don Toti el delegado nos pidió calma y que solo pensáramos en divertirnos, era un tipo que la sabía lunga, se convirtió en un segundo padre a la hora de los buenos consejos sobre fútbol y sobretodo fue importante para encontrarle respuestas a nuestros miedos de niño, miedos que nos hablaban en susurros muchas veces en señal de advertencia por una derrota posible.

Las tardes que habremos practicado jugadas en el patio de su casa, jugadas de laboratorio como les dicen ahora, ensayos de goles probables que casi nunca tuvieron un final feliz, porque a la hora de los bifes nada tenía el recorrido planeado con esmero en un terreno sembrado de macetas y baldosas.

“Esperen que me acomodo los guantes” grito desde el arco Miguel, advirtiendo al referí, para que no arrancara rápido el partido, el rival nos quiso prepotear desde el comienzo, queriendo tomar ventaja de la sorpresa, a Mecha la perseguían siempre de dos, una inequívoca señal de que ellos lo tenían todo bien estudiado,  buscaban a cada momento sacarla del juego, con buenos modales algunas  veces y otras con un subterráneo sentido de la gentileza.

Calilo, el topo y el negro Luis se quejaban continuamente de las malas actitudes de nuestros rivales, muchachitos mucho más grandotes en lo físico, que imponían autoridad desde una posición que superaba ampliamente los catorce años permitidos, no era nada nuevo eso de andar haciéndole trampas a las fechas de nacimiento para sacar ventajas.

El piso estaba más duro que de costumbre por la falta de lluvias recientes, los golpes dados contra el suelo nos obligaban a reiterados gestos de dolor, el partido no nos entregaba momentos de respiro porque los chicos del Parque estaban decididos a no aceptar que la respuesta del resultado fuera una derrota.

Los minutos pasaban sin que nuestra hada de los pies mágicos pudiera hacer la diferencia, eso sí atravesamos momentos de zozobra en el arco de Miguel, como cuando una pelota caprichosa jugo a hacer equilibrio en la raya del gol obligándonos a contener la respiración y  a pedir a algún santo por ayuda y eso que no éramos muy religiosos porque a Dios lo teníamos bastante olvidado como para andar haciéndole encargues.

Cuando el partido se acababa en cero y los penales se asomaban como la ultima alternativa para determinar un ganador, dio el presente Mecha, con una jugada concebida en un contexto tan imprevisible como solo es capaz de ofrecer el fútbol, lejos de los vedados suburbios del área recibió la pelota, las sombras de las marcas  la acechaban como en toda la mañana, atentas, preparadas para darle caza a la presa, pero esa vez ella escapo a todos los controles, como una exhalación abrió  los cerrojos cuidadosamente colocados en su camino.

Se tomó el compromiso de pagar todos los peajes obligatorios para entrar a ese terruño celosamente custodiado por el portero y allí dio nacimiento a su obra más esperada, los contrarios fueron quedando uno a uno en el piso exhibiendo las banderas blancas de una capitulación forzosa, vencidos, tristes y cautivados por el fulgor que irradiaba la dueña de la camiseta número ocho.

Su pie derecho fue capaz entonces de brindarle la más suave caricia a la pelota para enamorar hasta la medula su alma de cuero y alejarla así de las manos inquisidoras del arquero que a esa altura estaban inmersas en la mas profunda desesperación e intentaban por todos los medios evitar un irremediable destino de festejo y piolas.

Ese gol se convirtió en un grito tan grande como el más deseado canto de libertad, acunado bajo el influjo del sol insolente que nos ofrecía aquella mañana de otoño bautizada en el agua bendita de una alegría sin tiempo.

Mientras nosotros no cabíamos en nuestros cuerpos por la felicidad que otorgaba un sueño realizado, buscábamos a Mecha como se busca a los héroes en las ruinas de un campo de batalla para darle las merecidas gracias.

A un costado de la cancha la encontramos, sentada en silencio con los ojos fijos en el cielo diáfano tratando de encontrar en el vasto firmamento  una estrella ausente,  la estrella que en interminables noches de soledad fue capaz de concederle el mejor deseo, poder jugar al fútbol, quizás un deseo cumplido por la bondad de algún ángel despistado  y que la llevo a meterse sin pedir permiso en el inaccesible corazón futbolero de barrio Tablada donde  habrá por siempre un potrero que tendrá su inconfundible aroma de mujer.

Sergio Alcázar

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